La soltaron del techo y la arrastraron como una muñeca. No paraba de chillar. De hecho, las tres gritaban horrorizadas pero apenas imaginaban lo que les esperaba de ahora en adelante. Ataron a Gero a un poste y la amordazaron.

Entonces empezó lo que ni en sus peores sueños habrían podido imaginar. Gero intentaba gritar pero la mordaza apagaba sus suplicas y gritos. Las otras chicas se quedaron mudas horrorizadas con lo que veían, pensando que luego irían ellas.
Y así fueron pasando por el poste, aquella mesa de metal con correas o el sucio colchón del suelo una detrás de otra durante los siguientes días.
Lo peor es que deberían ir acostumbrándose a aquello, porque esos hombres no tenían intención de dejarles marchar mientras estuviesen en condiciones de ser utilizadas para su diversión.




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